Los calendarios son parte de la historia del ser humano, gracias a ellos el orden del tiempo significa el orden de la vida.
Desde la más antigua civilización sobre la tierra, la cuenta del tiempo se volvió imprescindible para el hombre, controlada por los sabios de esas épocas, ésta cuenta quedó plasmada en los calendarios y ello significó la prosperidad, la evolución y la continuidad de la cultura y las tradiciones.

Tener el control del tiempo originalmente fue conocer los ciclos de la luna, las estaciones del año y con ello la crecida de los ríos, las mareas, la siembra, la cosecha… es decir, las actividades esenciales para la subsistencia. Y así en una repetición de ciclos, a lo largo de los años se ubicaron fiestas, ceremonias, tradiciones en sí, que forjaron la cosmovisión de cada una de las civilizaciones y sus diferencias, hasta tener calendarios pensados en cada una de estas culturas. Babilonios, egipcios, chinos, mayas, incas, romanos, etc. crearon su calendario basado en la observación del ciclo lunar o solar. Mirar el cielo, fue mirar el tiempo.

México en su riquísima pluralidad cuenta con dos calendarios emblemáticos de su cultura, el Azteca y el Maya. Ambos fueron representados en piedra y sobreviven gracias a esa condición. Son símbolo de la grandeza de antaño y nos conmueven con la delicadeza y la sapiencia con que fueron construidos.

El calendario mexicano no es, sino una síntesis del México mismo. En él se inscriben todas y cada una de las tradiciones de éste pueblo que festeja los santos, la cruz, las navidades, las fiestas y los duelos como un recordatorio perenne de que somos mexicanos y que el calendario nos identifica.
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